La Humildad a la Luz de la Biblia

By Rev. Silverio Manuel Bello V Agosto 26, 2019 136 0
La Humildad a la Luz de la Biblia Foto Archivo

Introducción

Para entender mejor la palabra humildad, y para mayor edificación de nuestras vidas por su valiosísimo significado en nuestro idioma castellano, es importante consultar su semántica según nos la ofrece el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE). En esta dirección, leemos como sigue:“La palabra "humildad" viene del latín humilitas, y ésta deriva del sufijo –itas, que indica "cualidad de ser"; del prefijo humus, que significa "tierra". La palabra humildad está relacionada con la aceptación de nuestras propias limitaciones, bajeza, sumisión y rendimiento”.

A la luz de la Biblia como Palabra de Dios, la humildad es una de las virtudes que, en la praxis, le da más elegancia y belleza al carácter de un ser humano, mayormente a una persona creyente, que su vida ha sido regenerada por el poder glorioso del Espíritu Santo en el nuevo nacimiento.

Hay personas que tienen la dicha que desde su nacimiento llegan a la vida con un carácter y un temperamento pasivo, manso, dócil, que por tales cualidades innatas se les califica como humildes, mansos y dóciles. Pero muchas de estas personas en ocasiones, cuando se enfrentan a ciertas pruebas difíciles en su diario caminar por la vida, se les cae la humildad al suelo, y de repente, se tornan en agresivas, violentas y peligrosas. No es necesariamente a este tipo de aparente humildad natural a la que queremos referirnos en nuestro tema. Muchas personas acostumbran a endilgarle la palabra humilde, a ciertas personas porque son muy pobres, menesterosas, que andan descalza, que vive en una casita destartalada o que andan pidiendo limosnas por las calles. Tampoco estas paupérrimas condiciones, necesariamente son características de humildad.

Queremos referirnos al comportamiento humilde, sereno y santo que se produce en una persona creyente, tras la obra de redención realizada por Cristo en la cruz del calvario, evidenciada por el nuevo nacimiento realizado por el poder regenerador del Espíritu Santo obrando en su vida y que, tras esa obra divina, hace que dicha persona se convierta en una nueva criatura. El apóstol Pablo describe ese proceso glorioso, que a través del nuevo nacimiento se produce en la vida del creyente nacido de nuevo. En 2Cor. 5:17, él escribe: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

Podemos asegurar a la luz de la Palabra de Dios, que la verdadera humildad a la que se refiere la Biblia, es adquirida en el nuevo nacimiento. Implícitamente así lo da a entender el Pablo cuando escribe en Efesios 4:23-24, lo siguiente: “…renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:23-24).

¿Cómo se adquiere la humildad?

La clase de humildad a la que nos estamos refiriendo, es el resultado del fruto del Espíritu Santo operando en la vida y en el carácter del cristiano. En Gálatas 5:22-23, Pablo enumera 9 manifestación del fruto del Espíritu Santo. El fruto del Espíritu nos habla del carácter de Cristo forjado en la vida del creyente a través de la obra purificadora, santificadora y regeneradora de la Tercera persona de la Trinidad operando en su vida y en todo su ser.

¿Se encuentra la humildad incluida en las nueve manifestaciones del Fruto del Espíritu?

Pues sí, aunque no de manera directa. En las manifestaciones del fruto del Espíritu aparece la palabra “mansedumbre”. La voz griega para esta palabra, es: Praotes, que traducida al idioma español, “Es la disposición a ser suave, humilde, amable, indulgente, equilibrado en el temperamento y en las pasiones. Significa también: Mantenerse paciente ante las injurias que alguien lance en su contra sin sentir un espíritu de venganza”. Así describe el idioma griego la palabra mansedumbre. Su significado es profundo, amplio y muy significativo. Como podemos ver, está muy acorde con la palabra humildad, hay una similitud muy estrecha entre ambas. Toda persona que tiene humildad actúa con mansedumbre, y toda persona que actúa con mansedumbre tiene humildad. El apóstol Pablo considera la mansedumbre como una aliada de la humildad, por eso les escribe a los hermanos de Éfeso, como sigue: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” (Ef. 4:2).

Este es el verdadero cuadro que estamos interesados en presentar en este tema. La humildad debe ser practicada por todos los que en esta tierra hemos entrado a formar parte del reino de Dios. La humildad debe estar en los corazones de todos los que aspiran a entrar en el reino de los cielos. Fue este santo sentir que movió las entrañas del famoso predicador de Chicago del siglo XVIII, D. L Moody, a importantizar la humildad y a colocarla al mismo tiempo, en su escala más alta de valorización, cuando escribió lo siguiente: “Dios tiene dos tronos: Uno en lo más alto de los cielos, y otro en lo más humilde de los corazones”. Como creyentes, ¿Estamos teniendo corazones lo suficiente humildes como para que el Espíritu Dios se entronice en ellos?

El hombre más humilde que ha pasado por este globo terráqueo, y que mejor ejemplo dio con su vida sobre la humildad (Cristo), hizo el siguiente llamado:“… y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas…”(Mateo 11:29)

Nuestro Señor Jesucristo es nuestro mejor modelo a seguir por excelencia: Siendo el unigénito Hijo de Dios se hizo hombre; se despojó a sí mismo de toda su gloria y majestad dejando su trono de gloria para habitar entre nosotros; nació en un pesebre. Durante su ministerio terrenal, con toda humildad transitó por caminos polvorientos, escarpados y peligrosos; tuvo cansancio, tuvo hambre, tuve sed. Fue rechazado, despreciado, y crucificado por gente de su propio pueblo. Pero a pesar de todo, su amor, su gracia y su misericordia y su perdón nunca dejaron de manar en abundancia desde lo más profundo de su corazón a favor de la humanidad perdida. Su humildad estuvo por encima de todos sus sentimientos propios. Esta piadosa virtud de él estuvo también, por encima de todos los desprecios, burlas y rechazos que padeció de su propia gente. La mejor descripción descriptivas sobre la humildad de Cristo se la hizo el apóstol Pablo a los hermanos filipenses, cuando les escribió lo siguiente: “y estando en la condición de hombre (Cristo), se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. (Fil. 2:8)

A la luz de la Biblia como Palabra de Dios nos damos cuenta, que la humildad podemos adquirirla a través del aprendizaje continuo en la escuela de nuestro divino Maestro, Cristo Jesús. Fue él quien dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde” (Mat. 11:29).

En segundo lugar, la humidad puede nacer y producirse en el corazón de un creyente a la medida que se disponga a imitar a Cristo en toda la manera y la forma de ser de su vida. En tercer lugar, la humildad como virtud, puede entronizare en la vida interior de un creyente desde el momento que se disponga con marcado ahínco, a buscar la manifestación del poder del Espíritu Santo en su vida. Con el poder del Espíritu Santo obrando activamente en la vida de un creyente en Cristo, queda sellada la garantía divina a través de la Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, el moldeamiento del carácter, la transformación del temperamento y el cambio de conducta de toda el alma, el espíritu y cuerpo de la persona que se somete a Dios y a su Palabra, y se deja guiar, instruir y dirigir por Cristo y por Espíritu Santo. Favor leer, 1Tes.5:23

Conclusión.

Luego de haber leído este mensaje, por favor, detengamos por un momento, oigamos, obedezcamos el llamado de nuestro divino Maestro, cuando dijo: “…aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón…”. Oigamos y obedezcamos también, el consejo del apóstol Pablo a los creyentes de la ciudad de Filipo, cuando los conminó a actuar con humildad, escribiéndoles como sigue: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Fil 2:3).

El llamado de Cristo y el consejo paulino sobre la humildad, es también para nosotros hoy día. Por favor, hagamos un alto en nuestras vidas y demos una mirada introspectiva hacia lo más profundo de nuestro ser; y si por si acaso, encontráremos entronizado en algún rincón de nuestros corazones algún espíritu de orgullo, de altivez, de arrogancia, de presunción, de soberbia o de prepotencia; entonces, doblemos nuestras rodillas ante nuestro Padre celestial y pidámosle en oración, que en el nombre de Jesús, envíe su Espíritu Sano para que entre a nuestro ser y con su fuego santo queme toda escoria que pudiera encontrar escondido en lo más profundo de nuestra vida interior. ¡Amén!

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